
El papel tiene memoria. Cada línea que deposito sobre él no desaparece aunque quiera — la tinta china es definitiva, cruel y honesta. No hay control Z en el mundo analógico.
Llevo semanas trabajando en una nueva serie que nació de una pregunta simple: ¿qué queda cuando todo lo demás se va? Empecé con bocetos sueltos, casi garabatos, pero en algún momento dejaron de ser ensayos y se convirtieron en algo más serio. Así pasa siempre — el trabajo serio se disfraza de juego hasta que ya no puede.
La serie explora figuras que cargan objetos imposibles. Un hombre con una ciudad en la espalda. Una mujer que sostiene el mar en una taza. Un niño que arrastra su propia sombra como si fuera un trineo. No sé todavía cuántas piezas tendrá. El trazo me lo irá diciendo.