
La primera copa la dibujé sin pensar. Era un objeto simple — curvas limpias, un pie delgado, la promesa de algo que se llena y se vacía. Pero cuando terminé el trazo me quedé mirándola y pensé: esta copa ha existido siempre. En el Chile colonial, en una fiesta psicodélica de los setenta, en la mesa de un adolescente caótico de hoy.
Ahí nació Copas de Tiempo.
No es una serie sobre el vino ni sobre la celebración. Es sobre cómo ciertos objetos atraviesan las épocas sin pedir permiso — acumulando significados, cambiando de mano en mano, sobreviviendo a todo. La copa es solo el pretexto. Lo que me interesa es lo que hay alrededor: las manos que la sostienen, las conversaciones que provoca, el silencio que queda cuando se vacía.
Cada pieza de la serie sitúa la misma copa en un tiempo distinto. El objeto no cambia. Todo lo demás, sí.