
Hay un ensayo que nunca olvidaré. Era martes, llovía, y el jefe había despejado su living para que cupiéramos todos — guitarras, teclado, un bajo que se negaba a afinarse y una pandereta que sonaba mejor de lo que merecía.
Yo fui a escuchar. Terminé dibujando.
No pude evitarlo. Los músicos en movimiento tienen una geometría propia — el ángulo del codo cuando rasgan una cuerda, la inclinación del cuello cuando escuchan, los pies que marcan sin que nadie lo haya pedido. Saqué el cuaderno y no lo cerré hasta las dos de la mañana.
De esa noche salió la serie Banda Criolla. Primero en tinta, luego en acrílico, buscando el color que tiene el sonido cuando lo ves desde afuera. El amarillo de las cuerdas vibrando. El naranja del calor de los cuerpos apretados. El azul frío de la madrugada entrando por la ventana mientras todos seguían tocando.
La música es efímera. La pintura, no. Eso es lo que intento hacer — detener el instante justo antes de que se vaya.